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Louis Hock
Un artista sin barreras.
Por Nicolás Sobrero - Marzo 05 - 2012
Un repaso por la vida y la obra de Louis Hock, el artista que descubrió cómo hablar sobre la discriminación en los Estados Unidos y aprendió a filmarla para crear películas únicas y terriblemente provocativas.

Hock nació en Nogales, una ciudad fronteriza entre los Estados Unidos y Méjico: él tomó prestado la discusión entre ambas comunidades para crear su obra, y de esta manera inmortalizar esta eterna batalla. Tras un largo camino por descubrir su verdadera pasión, llegó a convertirse en un realizador visual que se instaló en la controversia como punto de apoyo. Más de cuatro décadas filmando, cualquier persona en el mundo que sepa algo de arte sabe lo que significa Hock: sus obras – films, documentales, cortos experimentales – son reconocidas por especialistas de todo el mundo y se lo considera uno de los principales referentes del arte que busca destruir las fronteras. O al menos cuestionarlas.

Escritor, poeta, director de cine y de TV, teórico, profesor y eterno alumno, el hombre habló con BKMag antes de presentarse en Argentina donde dará una conferencia a cerca de su obra el lunes 5 de marzo en CIA (Centro de Investigaciones Artisticas, Tucumán 3754)
 
¿Cómo empezó todo?
Cuando era chico, creía que quería ser poeta. Escribía y publicaba, y era bueno en eso. Después, gracias a una discusión a cerca de visitar al poeta Allen Ginsberg, me di cuenta que pensaba en imágenes al tratar de buscar mis palabras. Ginsberg claramente pensaba en palabras, no en imágenes. Automáticamente abandoné  la escritura y comencé a filmar como loco. Mi guía fue únicamente mi instinto. Simplemente compré una cámara y empecé a filmar, aprendiendo de la práctica.

¿En qué momento comenzaste a crear tu obra artística?
Fui al School of the Art Institute de Chicago con el deseo de continuar con los documentales que había estado produciendo en Arizona. En algún punto, mis imágenes cinematográficas comenzaron a asimilarse a los trabajos de pintores y escultores en la escuela, y combiné objetos con las imágenes fílmicas para realizar instalaciones. Cree habitaciones para que los espectadores interactuaran con las imágenes en movimiento. Estas películas tenían una narrativa construida a medida que el espectador se movía por el espacio de la habitación. Así, junto a mis cortos, una parte de mi obra fílmica se alejó de las pantallas del cine y se acercó a las galerías de arte.

¿Quiénes fueron las personas que siempre estuvieron ahí para apoyarte?
Nadie estuvo siempre ahí, aunque en la escuela de arte conocí a un director, Stan Brakhage, quien venía a dar clases cada dos semanas. Un día salimos a tomar una cerveza y discutimos furiosamente. Fue increíble. Aprendí mucho.
 
¿Cómo fueron tus primeras experiencias exhibiendo tu trabajo?
Mis primeras exhibiciones en los setenta fueron proyecciones en Nueva York, Pittsburgh y Chicago. Luego la Costa Oeste, Los Ángeles y el área de San Francisco/Berkeley. Tenía hecho un programa de cortos en 16mm que proyectaba y luego daba una charla. Esa fue una manera típica de la época en la que los directores de cine mostraran sus trabajos, recorriendo los Estados Unidos y los centros culturales de cine independiente – desde Stan Brakhage hasta Michael Snow – todos giraron por el país. Era como un tour carnavalesco: los grandes lugares como museos te pagaban un hotel y en los más pequeños te ofrecían dormir en el piso del cuarto del programador. El número de espectadores siempre era impredecible, a veces enorme y otro muy reducido. Y el feedback pasaba desde los gritos hasta inteligentes y profundos comentarios. Fue una atmósfera que perdió su oxígeno cuando el gobierno dejó de apoyar los espacios culturales alternativos durante los ochenta.
 
The Mexican Tapes, es uno de tus proyectos más importante ¿Cuál fue su génesis?
Como director de cine, nunca había trabajado en videotape. A fines de los setenta me invitaron a dar una clase de video y decidí realizar un video corto sobre la gente que vivía en mi edificio. Yo vivía ahí desde hacia 1 año y medio. Estaba a una cuadra de la playa y era muy viejo y barato. Yo era de los pocos habitantes del edificio que no eran mejicanos. Los dueños del edificio iban a echar a todos en seis meses para construir un hotel – un claro, definido tema para un corto. El proyecto del hotel no se hizo. Yo seguí filmando por cinco años, como una película casera completamente fuera de control.
 
¿Cómo hiciste las The Mexican Tapes exactamente?
Mis vecinos me educaron con respecto a la vida de los inmigrantes “ilegales” en los Estados Unidos. Siempre estaban bajo amenaza de ser arrestados y ser deportados nuevamente a México, con o sin sus hijos. Me dejaron entrar, junto con mis preguntas y mi cámara, en sus vidas, trabajos, cumple años y bautismos. Yo no tenía en ese entonces mi propia cámara. La pedía prestada por uno o dos días y filmaba. Todas estas personas eran de clase media baja con hijos en la escuela, que pagaban sus impuestos y que trabajan codo a codo con los ciudadanos norteamericanos aunque siempre bajo la amenaza de ser deportados.

¿Qué fue lo que más te impresionó de hacer este trabajo?
La confianza de las personas. Mis videos podrían haberlos metido a todos ellos en problemas. Ellos creyeron que contar sus historias de vida era más importante que cualquier otra cosa. De todas maneras, tuve que reubicar a algunas de las familias, preocupado de que estuviesen en peligro, cuando   The Mexican Tapes se mostró en la televisión.

Actualmente estas trabajando en una continuación de The Mexican Tapes, The American Tapes, Cómo fue la experiencia de volver a trabajar con la misma comunidad con la que ya habías trabajado 25 años antes?
Par el 2004, los niños de las familias en The Mexican Tapes ya eran adultos. Algunos comenzaron a pedirme copias para mostrarles la película a sus hijos, para enseñarles cómo fue su infancia junto a sus abuelos. Luego empezamos a charlar con ellos y comencé a filmarlos nuevamente. Todas las familias de The American Tape viven en el sur de California., excepto una. Había perdido el rastro de Carlos y María Rodríguez en algún lado de Méjico, luego de dejarlos en la parada de micros de Tijuana 25 años atrás. Para mi sorpresa, logre encontrarlos en Guadalajara. Con todos retomé donde habíamos quedado. Creo que la experiencia de ver los primeros videos hizo que el tiempo cobrara un nuevo sentido, y me hizo acercarme aun más a estas familias.

¿Por qué te interesaste particularmente en la confrontación entre los Estados Unidos y Méjico?
Mi familia es de Nogales, una ciudad fronteriza. Mi abuela fue una de las personas que entreviste para mi película,  La Mera Frontera, un film sobre la última batalla armada entre los Estados Unidos y Méjico en 1918. Las relaciones entre los  habitantes de Nogales estaba divido entre mejicanos y estadounidenses. A veces el vinculo entre ambas comunidades era amistoso y otras completamente irritable. Por un lado se ayudaban mucho cuando de incendios se trataba por ejemplo. Por otro lado, la violencia y las peleas entre ambos lados se sucedían continuamente. La batalla de 1918 le daba forma concreta a esta contradicción y fluidez que se daba en la ciudad.
 
 
 
 
 
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